Era Nova.

Era Nova la hija de Juan, pero es mejor comenzar por el barrio.

Era un barrio de casas bajas que se preservaba como podía de las tropelìas del progreso.

Era una clase de progreso que tenía la fisonomía de edifìcios hieráticos y endebles donde se adocenaban familias de pelo y medio que subían y bajaban en los ascensores, que espiaban desde las ventanas el verdor del parque cercano. Residencias señoriales, petit hoteles dos veces finisculares y patios espaciosos eran derribados y arrasados al ritmo de vientos inmobiliarios muy sopladores, y en su lugar se levantaba una nueva propiedad horizontal de no menos de siete pisos, con paredes incapaces de filtrar las voces, la música y el sexo.

Era un disturbio casi silencioso de camiones el que acarreaba las mayólicas deteñidas, los antiguos portones de madera de dos hojas, los hierros forjados de las rejas, las vigas inmemoriales, y todo se apilaba en los corralones sombríos que lucraban con la demolición.

Era un barrio salpicado de casas chatas que se cohibían entre dos edifícios y sospechaban su destino ineludible, el de perecer bajo las palas mecánicas que alisarían el terreno para otros cimientos.

Era el parque más grande de la ciudad el que estaba en el centro del barrio, o lo había sido antes de que la autopista lo cortara en dos, y una caterva de instituciones municipales le amputara diversos pedazos a los costados y en el medio. Pero todavía era un parque, con árboles, fuentes y algunas flores, pero con rejas que impedían el paso hacia los sectores de mayor belleza paisajística.

Era el Instituto Correccional de Menores un baldón en el barrio, un ente extraño y no grato enquistado ahí. Cuando sólo existían las casitas el instituto pasaba desapercibido como una escuela o una fábrica, y los vecinos, habituados a dejar las puertas sin llave, ignoraban la presencia del tropel de muchachos que trataban de reformarse detrás de aquellos muros bajos y amarillentos. Ahora, rodeado de edifícios que habitaba gente temerosa y desconfiada, el instituto era percibido como una amenaza a la seguridad del barrio, y nunca faltaba un voluntarioso que recolectaba firmas para que el gobierno dispusiera su traslado a zonas alejadas de la ciudad y de la gente “decente”.

Era Juan un señor informado y también temía. Temía por él y por su familia, y temía por sus posesiones. Nadie estaba a salvo en esos días, y para comprobarlo bastaba con ver las noticias de la tarde, leer los diarios, escuchar las anécdotas de las personas acerca de los asaltos, atracos y robos que habían padecido. No se podía culpar a Juan de que al pasar con el auto por la puerta del instituto, camino al trabajo, mirara de soslayo y se preguntara cuándo sacarían de su barrio semejante nido de avispas, que en cualquier momento podían zumbar muy cerca y aguijonear.

Era Nova la hija de Juan. Pero Nova no interesa demasiado.

Era el cordobés un habitante perenne del correccional que orillaba los cuarenta años y tenía una colita de cabello canoso, tipo de gesto adusto y de zurcos en el rostro, como uno podría imaginar a un personaje del Martín Fierro. Gaucho de ciudad, galopeador de la marihuana, poco saludador, a decir verdad un hombre misterioso, inciertamente cordobés aunque se lo apodara por tal gentilicio, andaba por ahí cerquita con su presencia inquietante.

Era tano sin ninguna duda el dueño de un kioskito que había acondicionado en el recibidor de su casa, a media cuadra de cada esquina, a dos de la avenida más transitada del barrio. Desoyendo las prohibiciones municipales, el tano vendía licor y marihuana a una chusma de muchachotes que provenían quién sabe de dónde y tenían en común la mirada perdida, el nada-que-hacer y la apariencia desaliñada. El tano era el verdadero oprobio del barrio, y había superado con éxito las denuncias de los vecinos y las visitas de los móviles policiales.

Era, sin embargo, muy clara la proveniencia de muchos de los jovencitos que iban al kiosko del tano a empinar una botella de cerveza y a pitar marihuana: el Instituto Correccional. Por alguna extraña razón, muchos de los que allí estaban internados poseìan un permiso para salir durante el dìa, y recalaban en lo del tano, en cuya vereda pasaban las horas contando historias de sus desventuras, sus aventuras y sus venturas. Allí también estaba el cordobés, que moraba en el Correccional y nadie sabía por qué. Mucho antes de las 8 de la mañana, cuando el tano abría religiosamente el expendio, algunos de estos adolescentes ya estaban sentados en su vereda esperando la primera ronda, con la presencia infaltable del cordobés, que parecía comandar moralmente al grupo.