Uno no guarda cosas sin un propósito, o quizá si. El deseo de amontonar alguna clase de objeto llega inesperadamente, y hay que responder al llamado porque a la larga esa actitud brinda un poco de felicidad o viene a tapar otras necesidades. A veces el asunto aparece por el lado de la ambición, pero no me refiero a esa categoría de acaparadores, sino a los que convierten a su búsqueda en una forma casual del arte, con sus propios métodos de taxonomía y exhibición, de estibado hogareño, amparo y custodia.

 Uno conoce gente así, quién no. Uno mismo ha intentado en tal o cual año, antes o después de cierta mudanza, coleccionar equis artículo con intenciones antológicas… Después de una discusión conyugal por los excesivos gastos en artículos de tocador, uno fue a un mayorista y compró 200 jabones multicolores que atiborraron un armario. Uno sabe de un señor que compraba el pan de todo el mes y lo guardaba en un freezer enorme que tenía en el garaje, para evitar la caminata matutina hasta la panadería, y entonces ya no comía pan sino basura bien conservada.

 Uno tiene un amigo que compró una cantidad exagerada de llaves francesas y de pela papas, con la ilusión de ir vendiéndolo a buen precio, a lo largo de los años. Otro señor que uno conoce tiene todos, pero lo que se dice todos, los discos de Sandro, incluso el primero, y se rehusó a venderlos aunque le ofrecieron una suma nada desdeñable.