Ruido a mocasines.

A mocasines italianos, de los caros, los importados que valen un fangote. Las botas ya no se oyen porque se dedican a cumplir con su deber, y después del último golpe de estado, el del ´76, comprendieron que lo mejor es dejar que los civiles peleen sus propias batallas y no intervenir a favor de ningún lado. Pero las batallas se siguen peleando, y resultan ser más sangrientas que cuando se usaban bayonetas y armas de fuego. Hay sangre por doquier. Recuerdo una famosa frase que oponía la razón y la fuerza: por la razón o la fuerza, como dos caras de una misma dialéctica. Mas hoy, en nuestro país, ninguna de las dos prima ni parece ser especialmente atractiva para los contendientes. Hoy es la palabra la que hiere, estoca, desangra, y seguramente terminará matando. La palabra vacua, mentirosa e infame. Se derrama sobre la sociedad por las múltiples vías de comunicación (o incomunicación) con que el mundo moderno ha reemplazado a los mass media de antaño. Y detrás de la palabra el dinero, que siempre es el actor oculto en bambalinas de la historia. Nunca como ahora es imperiosa la necesidad de creer o no creer, porque en eso se resume todo: estar de un lado o del otro, y otear a la vereda de enfrente como quien mira a un enemigo irreconciliable. Ya no hay diálogo posible ni entente cordiale; ha desaparecido el saludo y la amabilidad con que incluso los boxeadores se saludan en el ringside después de aporrearse durante una docena de rounds. La suerte está echada; no es seguro que gane el mejor... Y sin embargo, esa no es la verdadera tragedia...

 

Agosto de 2013.