Juventud, divino tesoro.

Ya transcurrió un año y medio desde la asunción de Cristina como presidenta de los argentinos. Pulso día a día mi voto de aquella elección como si se tratase de una onza de oro o de una acción bursátil cuyo valor me interesara seguir. Y llego a la conclusión de que mi voto no sólo tiene el mismo valor de entonces, sino que el tiempo lo ha ennoblecido como por obra de un alquimista virtuoso. Quien haya leído mis anteriores apreciaciones ya sabe que jamás intento un análisis económico, macro o micro, del transcurso de este gobierno, porque nada hay más engañoso ni más sujeto a los caprichos de algunos que el devenir monetario, oscuro y misterioso asunto para los ciudadanos de a pie como yo. Mi brújula está marcada por percepciones, por sensaciones que se alimentan de la relación con el entorno. Gente, situaciones, algunos referentes que me parecen particularmente creíbles, fortalecen mis opiniones en este suburbio de la Web. Siento que me agrada lo que está sucediendo en esta sociedad, particularmente en el ámbito de la juventud de los colegios secundarios y de las universidades, que recupera su capacidad para transformar y mejorar el mundo imperfecto recibido de los adultos. La juventud es un divino tesoro, como canta aquel añejo y tan contemporáneo poema de Rubén Darío, que adquiere hoy una connotación más rica que la concebida por su autor.

Recuerdo que mis hijos eran adolescentes en la década del ´90, cuando el presidente de apellido palíndromo mal gobernaba el país. El proceso de reorganización nacional, pomposo nombre para etiquetar a una dictadura de la peor calaña, había destruido físicamente a una generación. Cuando la democracia regresó, los jóvenes fueron nuevamente protagonistas de jornadas memorables, y encumbraron al sillón de Rivadavia al doctor Alfonsín, que no supo sacar provecho de la savia nueva que tímidamente comenzaba a circular por el torrente sanguíneo de la política vernácula. Las decepciones, primero, y el envilecimiento posterior que se inició con el siguiente mandatario, llevaron a la juventud a un estado de apatía y cinismo que fue paralelo al vaciamiento económico del país. El presidente Ménem cometió errores imperdonables, actos ilícitos, traiciones y deslealtades en relación con su pueblo, pero un solo pecado: el aniquilamiento de los de menor edad en tanto idearios de la sociedad. Y así, decía, recuerdo que por aquellos años me exasperaba ver a mis hijos absolutamente desinteresados de la política, a la que consideraban un ámbito de iniquidades del que era mejor alejarse. No era mi intención, claro está, que militaran en ninguna escudería, sino que simplemente se interesaran en la triste realidad del país y del mundo, más allá del discurso oficial para el cual todo marchaba de maravilla.

Después vino la decepción, la depresión de comienzo del nuevo siglo, y la conmoción provocada por la crisis del 2001; una crisis no sólo económica, social y política, sino humanitaria. Todos salimos a la calle a proclamar la rebelión contra el desgobierno de turno, que había superado los límites  básicos del contrato social. La muerte en las calles, el hambre, la desocupación, obraron como catarsis en nuestra sociedad, pero en medio de tanta desdicha me consolaba pensar que mis hijos, algo mayores ya, evidenciaban una consciencia plena de lo que sucedía y tomaban partido por aquellos que, dentro del dramático cuadro general, lo estaban pasando peor.

Poco después comenzó el período kirschnerista. Néstor fue político, gran negociador, hábil manejador económico, pero sobre todo un consumado militante. La tarea que tenía por delante, ímproba y dificultosa, le permitía sin embargo descubrir maravillas donde los demás sólo veían signos de degradación. El movimiento piquetero, las protestas callejeras, las reivindicaciones sindicales, las cooperativas industriales, conformaban el núcleo del cambio que él deseaba favorecer. Una muy conocida anécdota cuenta que en su primera hora en la Casa Rosada se acercó al balcón, observó la Plaza de Mayo y sentenció a un colaborador: "Jamás voy a reprimir una protesta". Y así fue. La libertad de expresión popular fue el primer reconocimiento a un pueblo que de una manera o de otra se había acostumbrado a callar y a creer que el cambio era algo prácticamente imposible.

La política volvió a las calles, a las discusiones de oficina y de café, a las universidades y colegios, a los comités y las unidades básicas. Nadie puede negar esto. Los debates en el congreso adquirieron un protagonismo impensado poco antes, y fueron seguidos por millones de argentinos desde sus hogares, donde encendían las opiniones. Los argentinos nos habituamos de nuevo a protestar, a manifestarnos en la calle, a favor o en contra, y eso está bien. Algunas protestas fueron desvirtuadas hábilmente por los manipuladores de siempre, y otras carecieron de coherencia, pero todas fueron válidas: las de miles de personas que llenaron la Avda. 9 de Julio, y las de quince alumnos de un colegio de arte que cortaron Corrientes y Callao. Todo sirve. De la polémica nace la  verdad, no de los diarios o de la televisión. La verdad está en nosotros.

Y en medio de esta situación los jóvenes coparon la parada, como debía ser. No hay acto, grande o pequeño, que prescinda de ellos. No existe partido político que no intente cooptarlos para que salgan a la calle a pelear una batalla que para muchos adultos está perdida de antemano. Tienen presencia en los balcones de las cámaras legislativas y en las acciones de ayuda humanitaria. Una década llevó restañar en ellos la abulia generada por el período anterior. Ahora los argentinos de dieciséis años pueden votar (tienen incluso la posibilidad de hacerlo a los quince, si nacieron antes de octubre). A esa edad la política es parte de la educación; se aprende a leer entre líneas, a cotejar, a argumentar... y a escuchar. Esa es la idea. La primera etapa concluirá en octubre, cuando chicos del secundario entren en el cuarto oscuro y sean aplaudidos al salir. A mí me emociona esta circunstancia. A esa edad, a la edad de los que esta noche hicieron cortes en la ciudad para quejarse del gobierno comunal, quería cambiar al mundo. Ahora es el turno de ellos.

¿Qué más le falta a la juventud? ¡Crear! Existe un vacío artístico muy grande en nuestro país; se va llenando de a poco, con mucha lentitud. No concibo a un artista que no tenga una opinión formada (o en formación) del mundo que desea. Equivocada o no, esa no es la cuestión. Sólo entonces está en condiciones de componer música, de pintar, de escribir o esculpir. No voy a referirme a los artistas que conmovieron la historia del arte antes de cumplir su segunda década de vida. Sólo deseo hacer notar que eso no está sucediendo ahora con la juventud argentina. Este rasgo social parece ser un efecto colateral de la globalización. Sin embargo, yo espero ver en poco tiempo el brote de la semilla de la libertad en las mentes frescas. La expresión artística es un producto de la libertad y del compromiso con el tiempo.

Han sido las épocas de mayor agitación política, en que se gozaba la libertad o se la buscaba afanosamente, aquellas que permitieron la creación más encumbrada. Hay muchos ejemplos que desmienten esta afirmación, pero me parece que desde el punto de vista fenomenológico es válida. La música y el cine son los ejemplos más evidentes, pero la literatura y las artes plásticas se han visto trasvasadas por el mismo efecto. La historia argentina, como todas, es la de sus hechos notables y la de su arte.

Seguiré esperando que la pasión social y política encienda en los jóvenes la chispa de la inspiración. Algo me dice, muy dentro de mí, que la espera no será larga. Chicos, a crear. Mientras cambian al mundo, seguramente hay alguno de ustedes que está por pintar para la posteridad, componer música perdurable o escribir una nueva Rayuela.

Abril 25, 2013.