Qué hay de bueno y qué hay de cierto.

 Ganó Cristina Fernández de Kirchner, el domingo 23 de octubre de 2011. Fue reelecta como presidenta de los argentinos, pues un 54% de ellos le otorgó su voto. La frialdad de las estadísticas, las comparaciones con otros procesos electorales recientes y no tan recientes de la historia argentina, los análisis políticos, las galimatías económicas, todo está en la televisión, a color y en estereofonía. Uno tiene la sensación de que cada cual, partidarios y antagonistas del nuevo gobierno, están en lo correcto, y a lo mejor es un poco así, ya que los razonamientos pueden explicar cualquier aserto, como bien lo demostró Kant. No hay cosa más falaz que la razón, sobre todo cuando quien la esgrime está envuelto en las pasiones de su tiempo. Para Kant lo que el hombre podía adquirir por medio de la razón era limitado, y al final sólo quedaban dos caminos, el dogmático y el escéptico: creer o dudar. Así que si uno vuelve a encender el televisor y presta atención a los señores que pontifican desde ese lugar, o a través de cualquiera de los medios por los que se propagan las ideas en el mundo moderno, comienza a sospechar que esas personas primero creyeron o dudaron acerca de los logros o desaciertos de los gobiernos kirchneristas, y después se han dedicado sesudamente a encontrar argumentos que permitieran el proselitismo, de uno o de otro lado. No está bien ni está mal. Siempre fue así. Eso es cierto.

Pero ¿qué pasa con nosotros, ciudadanos comunes que entramos en el cuarto oscuro con un sobre en la mano? ¿Cuál es la motivación que llevamos para introducir la boleta con el rostro de Cristina y no la de otro candidato? Como hombre, en un primer reduccionismo podría resaltar el atractivo sexual de la mujer de negra vestimenta, su aspecto de morocha argentina tierna y suave, su voz apasionada y cálida al mismo tiempo (con un toque de plañido que evoca genuinamente a la de Evita), una vehemencia inteligente que (al contrario de lo que se supone) los varones sabemos apreciar, y algún que otro pasito de baile que enamoraría al más plantado. Sin embargo, nadie (o pocos) votaría por tales impulsos. Sólo se trata de un componente más de la imagen pública de una mujer que sabe que al salir a la arena política lo primero es despertar pasiones en propios y ajenos, y que la seducción es una herramienta solvente y provechosa a la hora de convencer al electorado. Recuerdo que cuando aún era la primera dama, en los años en que su marido inauguraba una manera de hacer política desusada en la Argentina, la intimidad de la pareja presidencial era un tema recurrente del periodismo, y que incluso las comedias televisivas los mostraban en la cama matrimonial para camuflar en la sátira política el odio y el temor por lo que sucedía en la casa rosada. Cuando inició su propio gobierno todo eso se aguó, y con la viudez desaparecieron completamente las referencias a la sexualidad de la mandataria. Más allá de algunos comentarios mal intencionados, tal aspecto de su vida se convirtió en algo en lo que todos pensamos, pero de lo que no se habla. Así que no la votamos por linda, pero es linda. Eso es bueno.

 Y entonces, ¿por qué la votamos? Si no lo hicimos por convencimiento racional ni porque es linda, algo debió haber sucedido para que después de casi diez años de gobiernos kirchneristas los argentinos le diéramos un voto masivo de confianza. Lo más cercano a la verdad sería decir que lo hicimos dogmáticamente, es decir porque creemos en lo que ella representa. Lo hicimos por una sensación que flota en el aire, pero que es muy difícil describir. En este punto uno podría preguntarse de dónde proviene esa sensación. ¿Acaso del bienestar económico? A nivel personal, uno no está mucho mejor que en cualquiera otra época de los últimos diez lustros, con las obvias excepciones de las crisis que se clavaron como una daga en la carne histórica nacional, con una mención especial a la del año 2001. Muchos hay que afirman que el primer gobierno de Menem tuvo más bonanza que ningún otro, y recuerdan la imagen folklórica de los compatriotas que viajaban a Miami y acuñaban la frase “deme dos” cuando salían de compra por aquellas tierras. Pero esa era apenas una parte de la verdad, o una sensación de la que no todos participábamos. De manera que la mayoría la hemos votado sin introducir las manos en los bolsillos para contar las monedas. Eso es cierto, y en gran parte es bueno.

Así que la sensación a la que me refiero no proviene de las arcas propias sino de los sentidos y del corazón. Lo de Pascal es bien recordado: “El corazón tiene razones que la razón no entiende.” Entonces votamos con el corazón. Hemos sucumbido a la sensación, que sin duda es una percepción placentera que no proviene de la epidermis sino del tejido social. Una sensación diametralmente opuesta a la que sentíamos durante el primer gobierno de Carlos Saúl, un frío que nos venía de abajo y nos enfriaba los testículos porque nos recordaba que perdíamos la dignidad como nación. O como país, o como patria. O como todo. Mis beneméritos profesores de historia se horrorizarían si yo confundiera el significado de estas tres palabras. Pero ni ellos ni yo dudaríamos de la semántica del vocablo dignidad. Y el tiempo se encargó de demostrar que esto es cierto.

La votamos por una sensación que es más ajena que propia, o propia, en sentido amplio. A lo mejor yo estoy igual, pero hay muchos que están un poco mejor. Esto, que tiene que ver con el bienestar material, es también una parte de la realidad. Las otras tres patas de la mesa se imbrican en los derechos civiles que siempre anhelamos (aunque no tengamos que ver con muchos de ellos), y en aquellas actitudes del gobierno que fortalecen al estado y le dan al poder ejecutivo una autoestima de la que carecía previamente, y un margen de maniobra que le permite afrontar el embate de sectores anquilosados en sus nichos de poder. Existe ahora, quizá como nunca antes, un gobierno soberano. Todo esto es dignidad. Y es bueno.

Es, entonces, una sensación que tiene un componente de dignidad nacional. Y la comparación con otros gobiernos (o desgobiernos) lleva directamente a la percepción de historicidad que flota en el aire. Hacía mucho tiempo que a los argentinos no nos imbuía el sentimiento de estar dentro de la historia del país y de la región, de la historia entendida en el mejor de los sentidos, el de mejoramiento y enaltecimiento del ser nacional. Lo cual es engañoso, claro, porque hay un común acuerdo de los estudiosos en que una época se puede considerar histórica después de treinta años de su acaecimiento, así que, en consecuencia, serán los historiadores de la siguiente generación quienes digan la última palabra acerca de la vivencia actual. Aun así, nosotros nos sentimos en el meollo de la historia, en el tuétano del presente, casi como si nos viésemos desde el futuro haciendo nuestra propia epopeya, inmersos en su devenir. Esta percepción es posible porque, además (y básicamente), participamos en un hecho colectivo (o nos han convencido de que así es). Ignoramos cuán real es esto, pero no puede dejar de ser bueno.

Tal sensación de historicidad se ha visto alentada en los últimos años por las batallas épicas que se libraron para refundar la república, para restaurar esa cosa llamada república a la que tanto daño le hicieron las tiranías militares y los desgobiernos ineptos y corruptos, mal llamados neo liberales. Cada una de esas contiendas de las ideas, libradas en el congreso, en los medios y en las calles mismas, le ha devuelto a la política el atractivo superador que nunca debió perder y la ha emparentado nuevamente con la ética. Hemos vuelto a tener una política eudemonista, cuyo fin último es alcanzar la felicidad. Pero también fuimos testigos de una praxis administrativa hábil y virtuosa, que en alguna medida nos habla del arte de gobernar, sobre todo en condiciones tan adversas como las que les tocaron en suerte a los dos gobiernos kirchneristas, prácticamente desde el momento mismo de cada asunción presidencial. Esto es cierto, esto es bueno.

En suma, dos sucesos parece que deslumbran a los observadores, acerca del comportamiento de los argentinos en la última década. Por un lado, la revaloración de la política. Por otro, la primacía de los valores sociales a la hora de tomar decisiones electorales o apoyar una candidatura. Lo primero es obra de nuevos cuadros de políticos, con un alta participación de gente joven, que per se posee ideales y ansias de transformación. En cuanto a lo segundo, siempre fue obvio que este pueblo se mueve por motivaciones colectivas, no sólo en los momentos de auge sino también en los de desgracia nacional; en el 2001 muchos salieron a la calle en defensa de sus intereses, pero la masa de los argentinos lo hizo en repudio hacia una situación que subsumía en la miseria a buena parte de la población. Nos hemos conmovido con la miseria ajena, que en sentido amplio era nuestra responsabilidad. Y esto es bueno.

Pero no todo es cierto y no todo es bueno. Los argentinos hemos tenido demasiadas decepciones, y aprendimos a no creer a pie juntillas lo que se nos dice desde el poder, pues ya se sabe lo que le sucedía a quienes escuchaban el canto de las sirenas, sin contar a Ulises, claro, que se ató al mástil para no sucumbir.