EL CARTERO

 

Hablar del cartero no es fácil, describir a quien tan cotidianamente parecía incorporado al paisaje. Era una fantasmagórica figura gris que por obra y gracia de Correos y Telecomunicaciones esparcía sobres en el barrio como flores sobre las tumbas, de colores y texturas diversas, de contenidos inexpugnables y usualmente inesperados, porque eso se supone que es una carta o una postal, la sorpresa que mueve el agua de la placidez con una mano distante y certera, estampilla incluida. Yo sé que es antojadizo empezar a contar esta historia precisamente por Felipe, el cartero, como lo sería relatar la Divina Comedia iniciándola con el asma de Beatriz, pues a nadie le importan en verdad esas cosas, y pocos son los que se acuerdan de quién era ¿Beatriz? Pero la memoria de aquellos días es una catedral imponente hecha con colosales bloques unidos con argamasa de cal y arena, y por lo tanto todo importa, el asma de Beatriz y la catedral y el cartero-argamasa, los sobres heterogéneos y el uniforme gris manchado en las sudoríparas y en el pecho, la tarde del jueves de enero en Buenos Aires y la carta de papá, todo posee su lógica y ocupa un espacio propio, que es lo que precisamente pretendo perpetuar.

Nunca creí que recordar fuera tan azaroso, cuando uno tiene la vaga pretensión de que otros encuentren coherencia allí donde sólo se posen fragmentos del propio pasado. La vida que se nos fue sería caótica para nosotros mismos, si no tuviésemos el saludable hábito de despreocuparnos de aquello que olvidamos. Objetos, personas, puentes, cambian de forma y lugar, los viajes que hicimos tienen incierta duración, la secuencia evenemencial apenas conserva una lógica básica, y los episodios terminan desperdigados como semillas en los surcos de nuestra conciencia. Algunos días somos más afortunados y sólo por accidente recuperamos un rostro con engañosa perfección, un aroma al mediodía, pleitos y películas …Y todo conserva siempre una sensatez que sólo envilece el despropósito de tener que contarlo, a menos que esta noche me abstraiga frente a la PC decidido a relatar la historia desde esa carta y las manos de Mariana, cuando la recibían temblorosamente.

Felipe entregaba siempre las cartas a Mariana en la puerta de casa, como si todas hubiesen sido escritas sólo para ella, aunque las remitiese Obras Sanitarias de la Nación o ENTEL. Sobres verde agua, celestes, castaño claro, cifras impagas y vejatorias, y cada tanto el sobre de papel lustroso y autoengominado con la palabra CERTIFICADA impresa a dos colores, que mostraba la inequívoca letra de papá azul y enorme, de curvas orgullosas y séptimo grado de antes, clara y espaciada, hecha con mano firme, exactamente al revés de como compuso su vida… Si hubo una persona que echó por tierra los conceptos elementales de la grafología emocional y el psicodiagnóstico, ese fue papá.

Alguien con tal porte elegante, pulcritud de maître, palabra pausada y caligrafía de escriba, únicamente disculpaba sus desatinos y desenfrenos si la vocación y la vanidad lo habían llevado a deambular por los escenarios del arte. Aunque debería ser más justo con el arte, y no atribuirle culpas cuya última explicación no se detendría ni siquiera frente al espectáculo del genoma humano, del genoma de un artista. A lo mejor es cierto eso de que “todos los artistas son locos, pero no todos los locos son artistas”. ¿Quién lo sabe? Personalmente no admito la verosimilitud de una persona aplicada la mayor parte del día a crear música, sutil realización que algunos ingenian fraguando un plasma tan insumiso como el sonido, sin que en ese discurrir se pierdan algunas de las nociones sociales imprescindibles para ser considerado normal, predecible, seguro, puntual, etc., es decir para ser lo que somos la mayoría de los humanos hasta que nos retornan a la tierra y nos recuerdan con afecto. En general, crear es un acto que no está bien visto en la sociedad humana; a quienes hacen de ese solitario oficio su forma de vida se los adjetiva “excéntricos”, es decir, personas que han perdido su centro, su medio, su mediocridad…

A él ya lo repatriamos a la tierra, pero desconozco si hay mucha gente que lo recuerde con afecto. Presiento que no son demasiados, que no llenaríamos una habitación con ellos. Intuyo que Mariana no estaría en esa pieza, y en ocasiones yo mismo me veo parado ahí dentro, entre rostros incógnitos, en un sitio cercano a la puerta… Saliendo para tomar aire fresco, para escapar de la mano con que el humo del cigarrillo, el perfume barato de mujer y el aliento alcohólico de la noche me estrujan la garganta. No es fácil permanecer allí, recordándolo como a un padre. Los años que le aventajo a Mariana me permiten una comprensión diferente, pero nada más. También puedo advertir que el resentimiento de ella, exaltado desde la adolescencia, de alguna misteriosa manera desviará para siempre nuestra percepción acerca de quien se nos fue… No, Mariana nunca va a poner un pie decidido en ese cuarto. Y pensándolo bien, los personajes de la noche que le llenaban el vaso con licor, las mujeres que pasaron por su cama, los adulones que no faltaban, tampoco estarían ahí. Súbitamente no hay ni humo ni olores en el recinto, los anónimos desaparecen,  y apenas me acompañan los tres amigos que tuvo durante casi seis décadas, los únicos que fueron a despedirlo al cementerio con auténtico pesar.

Incluso en aquella pubertad ya rencorosa, Mariana esperaba con impaciencia el paso de Felipe por la cuadra. Sin importar cuántas cartas tenía que entregar ese día, el paso de Felipe era presuroso y ágil; en verano resoplaba y transpiraba como un atleta, manchaba la camisa gris en el centro de la espalda y bajo los brazos, pero en invierno ¡ay!, el tipo era una lechuguita, la camisa impecable, la frente sin sudor, parecía un cartero inglés. Pero siempre apurado, siempre cortés y apurado, nada hoy, piba, a ver a ver…, la factura de Segba, propaganda, chau…  Mariana le conocía los horarios al hombre (porque hay que reconocer la puntualidad de los carteros del Viejo Correo, el de antes de las privatizaciones mañosas y fraudulentas). Espiaba por las hendijas de la ventana gris del comedor, y lo veía venir con su paso vivaz. De lejos maliciaba si iba a pasar de largo, pero la ansiedad la llevaba siempre al vano de la puerta, desde donde preguntaba en sordina “¡¿Y?!, ¿hay algo para acá?”. Casi nunca había.

“Para acá” era nuestra casa, la de la puerta gris a mitad de cuadra.